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SÓLO CINE DEL BUENO

ED. 20141031

Mundo perdido 5: La silla

POR Jorge Fdez.-Mayoralas

Escrito en: Reportajes
26/12/12
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Para hablar de La silla nada más cercano a la realidad que hacerlo de manera caótica casi como es la vida. Como lo son las películas también. Se trata de exponer las ideas que relucen en cada fotograma, en cada personaje, en cada punto de giro, pero sin un esquema determinado; se trata de sacar la esencia de lo que cuenta La silla funcionando casi como lo hace el cerebro. Al igual que en un momento uno quiere comer un helado y al instante preferimos ir a dar un paseo pero como está lloviendo nos quedamos en casa y decidimos comernos unos espaguetis. Aparentemente no hay ninguna relación entre todas las acciones porque hemos dado rienda suelta a nuestro cerebro. Le hemos dejado que actúe a cada momento con total libertad. Eso es La silla, un mundo perdido nuevo en el que el espectador se sumerge en las inquietudes de un hombre que se limita a actuar sin orden aparente, sin aparente razonamiento, pero siempre lo hay, todo tiene una razón de ser. Intentaremos aquí unir todas las visiones, todos los recuerdos y todas las sensaciones que producen La silla, pero de manera caótica; el orden de todo esto y su razón de ser, correrá a cargo de cada espectador, porque para eso se hace cine.

¿Se imaginan una alusión a la belleza cercana a la que emulaba Visconti en Muerte en Venecia por una parte del mobiliario? ¿Se imaginan una necesidad de posesión cercana a la locura que recuerda a la de El señor de los anillos?

En palabras de su director “La silla es una invitación al juego, a ver el cine desde otro lugar. Porque a veces no queremos ir a un sitio y después cuando llegamos nos encanta en realidad”. Es porque le hemos sacado su jugo. Quizás cueste entrar pero conseguiremos sacar ese jugo, sabremos qué parcela de la película es importante para nuestra vida. Se trata de que cada uno encuentre en La silla algo de sí mismo.

En algún lugar existe una silla, una silla estéticamente bonita, simple, de madera y metal aunque tampoco un mueble especialmente atractivo o valioso como podría suponerse al escuchar su descripción”.

Así empieza este cuento profundo y lírico. Con toda una declaración de intenciones. Un cine nada convencional, que encuentra su lugar en los terrenos no explorados. Con un universo poético y espiritual que se atreve a explorar nuevas posibilidades narrativas.

Sabemos muy poco acerca de la verdad de la relación de las personas con sus objetos. Es eso lo que nos permite organizar el mito” (Jean Baudrillard)

Pero, ¿Sienten realmente los objetos? ¿Puede incluir parte de nuestra alma un mueble destinado aparente y únicamente a nuestro descanso?¿por qué es importante una silla? Porque permite aplicar la arquitectura a escala humana. El hombre hace tiempo que construye casas o edificios sabiendo que tendrán que aguantar el paso del tiempo, de los trastornos naturales, del maltrato que sufren por parte de los humanos. Al igual con un objeto tan funcional como una silla, está al servicio del hombre y, por tanto, debe hacer frente a su maltrato y a su desuso.

El argentino Julio D. Wallowits realizó antes de la silla una espléndida película con otro olvidado cineasta: Roger Gual. Dirigieron a cuatro manos un proyecto con un sólido guión respaldado por unas interpretaciones antológicas que llevaba por título Smoking Room. A nadie sorprendió que la cinta se alzara con el Premio Goya a la mejor dirección novel para ambos cineastas. La crítica veneró una cinta que parecía contar con un espíritu propio, con una mirada diferente que a través de las intrigas y el humor era capaz de hablar de la sociedad actual, del mundo alienado en el que vivimos, de las injusticias y de las luchas de poder. Smoking room era corrosiva e inquietante y presentaba dos miradas complementarias que parecía que darían mucho que hablar. La cinta fue Premio Especial del Jurado en el Festival de Málaga y obtuvo también una mención especial al guión en Karlovy Vary.

Las carreras de ambos cineastas continuaron y mientras J. D Wallowits realizó tres cortometrajes de diferentes resultados: La simetría, Disonancia y El deseo de tener un hijo sordo. En el primero Wallovits ya trabajó con Francesc Garrido para el que confió también en La silla, esta historia se hallaba en un cuento original de Wallovits en el que estaba el germen de lo que acabaría siendo la película.

La silla dejó a Wallovits sin más trabajo en el mundo del cine, quizás por su incomprensión o porque el público no quiere involucrarse en una historia que no está mascada, que pide de la colaboración de todos, para entenderla, disfrutarla y vivirla. Wallovits fue después director creativo de una empresa de publicidad y se dedica a trabajos audiovisuales de diferente índole. Se puede ser Julio D. Wallovits de muchas maneras, se puede amar una silla, una película o la sensación de fumarte un cigarro en una sala habilitada para ello, después de tener un día completamente histérico en el trabajo. Se puede, pero sólo si te dejan, dejemos a gente como Wallovits que nos empapen de su visión del mundo, extraña pero intensa, dura pero diferente. Pero para eso tendremos que ver sus películas. Sino, es imposible. Véanla y opinen, ahora que sí que pueden.

 

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